El análisis de la construcción del socialismo en la URSS se debe emprender de dos maneras diferentes:
— en negativo, desde el punto de las divergencias internas y las
discusiones entabladas en el interior del Partido bolchevique acerca de
la línea a seguir en la construcción del socialismo
— en positivo, examinando los planes trazados, las medidas adoptadas y las realizaciones económicas y sociales conseguidas.
No existía ninguna experiencia previa que permitiera a los
bolcheviques disponer de una referencia de la que poder partir con
cierta seguridad. Hasta 1917 el socialismo era sólo una teoría, una
utopía; se criticaba el capitalismo y se sabía lo que no se quería
reproducir, pero no existían formulaciones positivas sobre el
socialismo, salvo algunas ideaciones utópicas carentes de valor
práctico. Desde octubre de 1917 ya no valía hablar acerca del
socialismo; había que construirlo en la práctica y demostrar -además-
que era una sistema social superior al capitalismo.
Pero la práctica estimula la teoría, y las dificultades de la
práctica desataron un sinfín de debates ideológicos acerca del
socialismo, multitud de líneas divergentes e incluso opuestas. Cuando se
profundiza en aquellas discusiones con la perspectiva de las décadas
transcurridas, parece claro que muchas de esas líneas no sólo versaban
sobre la construcción de una sociedad socialista sino que negaban la
posibilidad misma de construirla, que se trataba, en suma, de posiciones
liquidacionistas.
En efecto, las dificultades no provenían sólo de la falta de experiencias anteriores sino además:
— era algo común consisderar que tras Rusia, la revolución
proletaria estallaría en los países más avanzados de Europa, situación
que no se produjo, lo que aisló de la URSS; el imperialismo cercó al
país, conspiró para derribarlo y desató mortíferas guerras de agresión y
sabotajes
— en 1917 Rusia era un país muy atrasado en comparación con sus
enemigos imperialistas y esa situación planteaba no sólo problemas de
tipo económico, sino que ligaba la construcción económica a la defensa
militar y, en definitiva, al reforzamiento de un Estado del que, en
principio, se preconiza su desaparición
— otra situación contradictoria se planteó entre un régimen de
dictadura del proletariado en el que el proletariado era una minoría
(tres millones) de la población obligada, por tanto, a mantener una
alianza con el campesinado (cien millones), un sector social de carácter
pequeño burgués, políticamente vacilante y económicamente propenso al
capitalismo.
La política económica de todo país que emprende el camino del
socialismo está determinada por el estado de la economía en el período
de transición y la correlación de las fuerzas de clase, tanto en el
interior de su propio país como en el ámbito internacional que le rodea.
En la URSS los bolcheviques no pudieron adoptar inicialmente la
política económica que hubieran deseado, sino la que las circunstancias
les impusieron.
Al menos durante diez años, entre 1917 y 1928, fueron
circunstancias ajenas las que dictaron la política económica soviética,
que atravesó las dos fases conocidas como comunismo de guerra
(1917-1921) y nueva política económica (1921-1928). En ambas etapas se
adoptaron medidas tan radicalmente opuestas, que parece increíble que el
Partido bolchevique pudiera cambiar de criterio de la forma brusca en
que lo hizo, giro que, si de un lado, pone de manifiesto el cúmulo de
graves dificultades al que hubieron de enfrentarse, del otro, demuestra
también la extraordinaria capacidad de adaptación de los bolcheviques a
las circunstancias imperantes, su realismo y su ausencia de dogmatismo.
Porque se trató justamente de eso, de la presión del medio heredado, no
de líneas de actuación entre las cuales hubieran tenido la posibilidad
de elegir. Hasta que el Partido bolchevique tuvo la oportunidad de tomar
la iniciativa en materia económica, lo que se produjo hacia 1928,
pasaron más de diez años en los cuales la tarea primordial fue la
reconstrucción de un país devastado, alcanzar los niveles económicos
previos a la guerra.
En la perspectiva actual es fácil comprobar que esas dos etapas
-como no podía ser de otra forma- abrieron otras tantas fisuras en el
seno del Partido bolchevique:
— un primer grupo de militantes izquierdistas, el más conocido de
los cuales fue Trotski, identificó el socialismo con la etapa de
comunismo de guerra
— un segundo grupo de militantes derechistas, encabezado por Bujarin, identificó el socialismo con la nueva política económica.
La polémica con ambas líneas se suscitó en tres fases sucesivas.
La primera fue con los izquierdistas y se desató hacia el otoño de 1920.
La segunda también fue con los izquierdistas y se inició a finales de
1923. Finalmente, la tercera comenzó en 1928 y estuvo dirigida contra
los derechistas.
Las fechas de las dos primeras polémicas no son casuales, ya que
es precisamente el momento en el que se estaba experimentando el
tránsito del comunismo de guerra a la nueva política económica. El
primer estallido concentró el debate en torno a la cuestión sindical y
el segundo en torno al campesinado o, mejor dicho, en torno a la alianza
de los obreros y los campesinos. En sustancia, se trató de un debate en
dos fases sobre el mismo problema, el de las reservas políticas y
económicas de la revolución; dado el escaso desarrollo de la fuerzas
productivas, para construir el socialismo el proletariado tenía que
contar con aliados, con otras clases que, en última instancia, no
estaban interesadas en el socialismo. Ese fue el difícil equilibrio, el
que llevó a pensar a algunos bolcheviques que la tarea era imposible y a
asumir posturas liquidacionistas. La mayoría del Partido consideró que
sí era posible construir el socialismo, incluso en un país tan atrasdo
como Rusia, porque sí existían esas reservas, que radicaban en el
campesinado. En consecuencia, la dictadura del proletariado debía
adoptar la forma de una alianza entre los obreros y los campesinos.
El debate fue, pues, acerca de esa alianza entre dos clases y,
mientras los izquierdistas consideraron, al estilo menchevique, que los
campesinos eran una masa amorfa, burguesa y reaccionaria, los
derechistas ponían a los campesinos al mismo nivel que la clase obrera,
negando el papel dirigente del proletariado urbano. Aparentemente ambas
posiciones eran extremas, pero tenían en común algo decisivo: concebían
el socialismo no como un sistema de producción sino como un sistema de
distribución. Tanto unos como otros proponían que fuera la burguesía
quien mantuviera la riendas de las fábricas, las minas y las granjas,
mientras que el papel del Estado socialista debía consistir en
expropiarles, de una forma u otra, por las buenas o por las malas, con
requisas, con impuestos o con precios. Según ellos, el Estado socialista
debía coexistir con la economía capitalista y regularla en beneficio
propio. Los bolcheviques debían encargarse de la política exclusivamente
y dejar los asuntos económicos en manos privadas.
Pero no era éste el criterio de la mayoría del Partido
bolchevique que, tanto en la época de Lenin como en la de Stalin,
siempre entendieron que tanto el comunismo de guerra como la nueva
política económica eran fases transitorias impuestas por las
circunstancias, que podían prolongarse más o menos tiempo, pero nunca
indefinidamente. Entendían, además, que el socialismo no era sólo un
sistema de distribución sino de producción, basado en la propiedad
nacionalizada y en la planificación, lo que supone la dirección efectiva
del proletariado de los centros de producción, la organización y
gestión de las empresas, las haciendas, etc. Una cosa es quitar las
fábricas a los burgueses y otra distinta ser capaz de hacerlas
funcionar. Por supuesto, el socialismo quitaba la fábricas a los
burgueses; aún estaba por comprobar si era capaz de ponerlas en
funcionamiento, si era capaz de producir sin explotar. El comunismo de
guerra expropió y la nueva política económica comenzó a producir, pero
bajo formas capitalistas. Realmente el socialismo no se puso en marcha
hasta 1928.
El comunismo de guerra se impone a partir de la primavera de 1918
debido a la intervención, la guerra civil y la ruina económica,
supeditando toda la retaguardia a las necesidades del frente. Era una
política económica puramente expropiatoria. Se nacionalizó toda la
industria, comprendida la media y pequeña, se prohibió el comercio
privado y se implantó el sistema de contingentación de víveres, lo que
significó la entrega obligatoria de los excedentes de productos
agrícolas por parte de los campesinos para abastecer al ejército y a los
obreros. Debido a las difíciles condiciones de la guerra civil y de la
intervención armada extranjera, el Gobierno soviético instauró las
cartillas de racionamiento y el trabajo obligatorio general para todas
las clases.
Pero el decreto más importante fue el de la tierra. Se
expropiaron la tierras de los latifundistas, se nacionalizaron y se
entregaron a los campesinos para que las cultivasen por sí mismos, sin
recurrir a mano de obra ajena.
Fue una medida forzosa y temporal. Su objetivo principal
consistió en asegurar la victoria del Estado soviético en las penosas
condiciones de la guerra civil y la intervención armada extranjera.
El comunismo de guerra, indudablemente, fue un paso gigantesco
hacia el socialismo, incluso demasiado gigantesco y rápido. La burguesía
recibió un golpe (militar, político y económico) brutal. Pero la dura
lucha dejó importantes secuelas. Primero un país devastado, con las
fábricas destruidas y los transportes impracticables. Segundo, una
militarización del Partido bolchevique, de los sindicatos y de todas las
organizaciones de masas, lo que significó un peso aplastante del Estado
y de su burocracia.
La polémica sobre la burocracia en la Unión Soviética tuvo
también dos fases. La primera comenzó en 1920 y se centró en la
discusión sobre el papel de los sindicatos. La segunda comenzó en 1923 y
versó sobre la propia burocratización del Partido bolchevique. Sin
embargo, ambas discusiones, en definitiva, versaron sobre la propia
manera de construir el socialismo, aunque lo que apareciera en el debate
fueran únicamente sus manifestaciones externas.
Los trotskistas han hecho siempre de este debate el núcleo de sus
ataques al socialismo, pero su postura no puede ser más hipócrita. En
noviembe de 1920 Trotski suscitó el debate sobre los sindicatos en el
momento más inoportuno defendiendo su militarización (su
burocratización), la imposición en su seno de un régimen despótico, al
estilo del que había puesto en marcha dentro del Ejército Rojo y que
había desatado tanto malestar. Tres años después provocó también el
debate sobre la burocracia en un sentido completamente opuesto:
lamentando que el Partido bolchevique estuviera burocratizado. El
Partido estaba burocratizado, según él, porque sus tesis no tenían
acogida; lo que pretendía no era acabar con la burocracia sino acabar
con la dirección e imponer su propia línea. Esa fue la esencia del
debate para él.
Comenzaremos con la polémica sobre los sindicatos.
El 3 de noviembre de 1920 Trotski pronunció un discurso en la V
Conferencia sindical llamando a seguir con la disciplina militar dentro
de los sindicatos. Los bolcheviques tenían intención de discutir la
cuestión dentro del Comité Central, pero el asunto se agravó hasta tal
punto que desbordó el marco de la dirección comunista porque, a finales
de diciembre de 1920, Trotski insistió en sus tesis ante los sindicatos y
en el VIII Congreso de los soviets. Además tuvo el atrevimiento de
publicar un folleto al respecto, promoviendo otra de sus facciones.
Lenin no quería tratar esta cuestión porque pensaba que las
tareas prácticas planteadas por la nueva política económica eran
primordiales. Cuando todos estaban tratando de poner en práctica la
nueva orientación, Trotski promovió una discusión sobre una cuestión que
el IX Congreso del Partido ya había dejado resuelto. Pero Trotski se
empeñaba en retroceder planteando el problema como una
cuestión de principios
cuando se trataba de pasar de los principios a la práctica. Ya se había
discutido bastante; ya se habían aprobado todos los decretos
necesarios. Lo que verdaderamente hacía falta era llevarlos a la
práctica.
Pero la confusión creada no dejó otro remedio que volver a hablar de
principios.
La discusión se prolongó durante más de dos meses. Lenin tuvo que pasar
al ataque, centrando sus críticas en la facción trotskista y en sus
propuestas sindicales como ejemplo de lo que jamás podía promover el
Partido bolchevique.
El VIII Congreso del Partido había reconocido que el Ejército era
una masa heterogénea de personas que se componía fundamentalmente de
campesinos y que éstos no lucharían por el socialismo, por lo que se
imponía la disciplina en su seno. Pero los sindicatos los forman los
obreros, la médula misma del socialismo. En ellos había que desplegar
campañas de explicación y de agitación, nunca la imposición. Cuando la
guerra civil había terminado, confundir al ejército con los sindicatos
era una error gravísimo.
Para salir del caos de la guerra civil y de la situación extrema de comunismo de guerra era imprescindible pasar
del frente de la guerra al frente del trabajo,
como decía Lenin. Esto, a su vez, exigía el concurso de la clase
obrera. Había que desplegar una poderosa campaña de movilización y
reconstruir los sindicatos de trabajadores, que se encontraban en una
situación lamentable como consecuencia de la etapa anterior. Era
imprescindible impulsar una campaña de persuasión entre los trabajadores
a fin de que prestaran todo su apoyo para cumplir los objetivos de la
nueva etapa. Hasta entonces los sindicatos habían estado prácticamente
militarizados por imposición de la guerra civil, pero en la nueva etapa
no podía continuar esa misma política, que había sido puramente temporal
y transitoria.
Pero Trotski se mostró partidario de los métodos despóticos de dirección en los sindicatos, de la mano dura, de
sacudir desde arriba y de
apretar los tornillos
a los obreros, como él mismo decía. Y pasaron de las palabras a los
hechos. Aquel año los trotskistas se habían apoderado de la dirección
del
Tsektran, el Comité Central del Sindicato Ferroviario y de los trabajadores del Transporte Fluvial y Martítimo. En
su sindicato
los trotskistas habían comenzado a hacer de las suyas, aplicando
métodos coercitivos contra los obreros, provocando una oleada de
protestas y una polémica en la que los trotskistas pretendían hacer
pasar sus propios métodos como los métodos bolcheviques adecuados para
relacionarse con las masas.
Al desatar el debate sobre la cuestión sindical, máxime en la
forma y en el momento en que lo hizo, Trotski puso en grave peligro al
Partido. La discusión dio paso a que, además de la fracción trotskista,
se alzaran también otras plataformas: oposición obrera, centralismo
democrático, el grupo de tope, ignatovistas, etc. Se puso en peligro su
unidad y su capacidad de dirección política e ideológica. Entre las
distintas facciones destacaba el llamado
grupo de tope que
encabezaba Bujarin. Su postura era aparentemente conciliadora, tratando
de presentarse como intermediario entre Lenin y Trotski. En realidad se
produjo una grave fractura interna y así, mientras la organización de
Petrogrado llamó a defender las tesis sindicales leninistas, la
organización de Moscú, influida por Bujarin, replicó con otro
llamamiento a favor de las tesis trotskistas.
Lenin decía que, lejos de
apaciguar el conflicto, Bujarin estaba echando más leña al fuego y que
en realidad colaboraba con Trotski en su labor faccional. Calificó las
tesis de Bujarin como
el colmo de la descomposición ideológica. Muy poco después Bujarin se quitó la careta, abandonó al
grupo de tope y se pasó enteramente a las posiciones de Trotski.
La importancia de este debate radica en que deja al descubierto, por un lado, la falacia de Trotski como crítico de la
burocracia soviética, pues él fue quien promovió de la idea de
apretar los tornillos a los obreros y de imponer una burocracia sindical que los sometiese por la fuerza. Además, las tesis trotskistas de
apretar los tornillos
significaban la continuación pura y simple del comunismo de guerra que
los bolcheviques estaban tratando de superar. Finalmente, Lenin advertía
que el sólo hecho de plantear la NEP modificaba la actitud del
proletariado ante el campesinado y la discusión sobre los sindicatos
demostró, una vez más, que las concepciones de Trotski sobre el
campesinado seguían siendo ajenas a las de los bolcheviques. En esta
discusión se decidía, en el fondo, la cuestión
sobre la actitud del
campesinado, que se alzaba contra el comunismo de guerra, sobre la
actitud ante la masa de obreros sin partido; en general, sobre el modo
en que el Partido debía abordar a las masas en el periodo en el que la
guerra civil estaba terminando.
Fue entonces cuando las divergencias entre Trotski y los
bolcheviques aparecieron en todo su abismal significado: mientras
Trotski era partidario de imponer una disciplina militar sobre los
sindicatos, Lenin era partidario de que se organizaran de manera
democrática; Trotski, que preconizaba la
libertad de crítica dentro del Partido, no la admitía para el trabajo entre las masas sin partido.
Frente a las tesis trotskistas, Lenin pasó al contrataque el 30
de diciembre de 1920 con un discurso ante los soviets y los sindicatos
que se tituló
Sobre los sindicatos, el momento actual y los errores del camarada Trotski (1).
En su discurso Lenin reconocía que los sindicatos eran una organización
obrera imprescindible aún bajo la dictadura del proletariado y que
además aglutina a casi toda la clase. Por tanto es una organización de
la clase dirigente pero no es una organización del Estado y, en
consecuencia, no tiene naturaleza coercitiva:
Es una organización
educadora, una organización que atrae e instruye; es una escuela,
escuela de gobierno, escuela de administración, escuela de comunismo. Los sindicatos están situados entre el Partido y el Estado; sin ellos no puede haber dictadura del proletariado porque ellos
crean el vínculo de la vanguardia con las masas y son una fuente de poder estatal.
La dictadura del proletariado -añade Lenin- no se puede realizar a
través de los sindicatos aunque éstos abarquen casi a la totalidad de
la clase dominante, debido a las lacras en las que el capitalismo deja a
los obreros:
La dictadura sólo puede ejercerla la vanguardia, que concentra en sus filas la energía revolucionaria de la clase.
Lenin equipara la dictadura del proletariado a un sistema de ruedas
dentadas: para su funcionamiento son imprescindible varias
correas de transmisión
que van de la vanguardia a las masas de la clase avanzada y de ésta a
otras masas trabajadoras, como los campesinos. Lenin concebía los
sindicatos como organizaciones sociales sin partido, sin las cuales es
imposible incorporar a las amplias masas populares a la dirección del
Estado y la edificación del socialismo. Los errores de Trotski, en
consecuencia, eran errores que afectaban a los propios mecanismos de
funcionamiento de la dictadura del proletariado.
La reunión del Comité Central de comienzos de diciembre de 1920 en la que se debatió sobre los sindicatos resultó un embrollo
y eso es peligroso, decía Lenin: se produjo una división y el grupo de tope que encabezaba Bujarin es el
que más daño ha causado.
El Partido estaba enfermo y los imperialistas tratarán de aprovechar la
situación para una nueva invasión. Había crecido numéricamente y no por
eso era más fuerte; la discusión daba muestras evidentes de una
extraordinaria fragilidad, de falta de cohesión. Pudo observarse ya
entonces lo que con el transcurso del tiempo y las dificultades de la
construcción del socialismo, aparecería con toda su crudeza: que la
llegada en aluvión de gran número de militantes procedentes de otras
organizaciones había sembrado la confusión; no eran bolcheviques
templados y experimentados, sino personas que transmitían al Partido
todas sus viejas concepciones. En la cuestión de los sindicatos pudo
apreciarse con claridad que esas posiciones -todas ellas extrañas al
comunismo- iban desde el anorcosindicalismo hasta el militarismo, desde
negar la dirección comunista dentro de los sindicatos, hasta tratar de
imponerla a toda costa.
En marzo de 1921 el X Congreso del Partido analizó esta situación
y condenó las tesis trotskistas, afirmando categóricamente que no se
podían imponer métodos militaristas en los sindicatos.
Inmediatamente después, los trotskistas fueron expulsados del
Tsektran, eligieron una nueva dirección y modificaron en profundidad los métodos de trabajo y de dirección, eliminando las imposiciones.
En el debate sobre la cuestión sindical contra ambos extremos,
una vez más Stalin adoptó una postura de principios alineada con las
tesis leninistas. Apareció en
Pravda el 19 de enero de 1921 su artículo
Nuestras divergencias,
en el que, tratando de suavizar la discusión y calmar los ánimos,
sostiene que la discusión no versaba sobre una cuestión de principios,
sino de método, lo que no era cierto.
La posición de Stalin sobre la organización de los sindicatos era la siguiente:
El
democratismo consciente, el método de democracia proletaria en el
interior de los sindicatos es el único método que conviene a los
sindicatos industriales. Pero el democratismo impuesto no tiene nada en
común con ese democratismo. Y respecto a la posición de Trotski añade lo siguiente:
Cuando
uno lee el folleto de Trotski ‘El papel y las tareas de los sindicatos’
se podría creer que en el fondo Trotski también está por el método
democrático. Es porque ciertos camaradas estiman que nuestras
divergencias no versan sobre la cuestión de los métodos de trabajo de
los sindicatos. Pero esta opinión es absolutamente falsa. Porque el
democratismo de Trotski es un democratismo impostado, bastardo, sin
principios y, como tal, no es más que un complemento del método
burocrático-militar, que no conviene a los sindicatos. Según Stalin, la democracia en los sindicatos
presupone
la conciencia de que es necesario elevar la iniciativa, la conciencia y
la actividad de las amplias masas, es preciso convencerlas con hechos
concretos de que la ruina económica representa un peligro tan real y tan
mortal como ayer lo era el peligro militar, es necesario incorporar a
los millones de obreros al resurgimiento de la producción a través de
sindicatos democráticamente estructurados. Sólo de esa manera es posible
convertir en causa vital para toda la clase obrera la lucha de los
organismos económicos contra la ruina de la economía. De no hacerlo así
es imposible vencer en el frente económico. En los sindicatos debía haber debates y discusiones en los que debían intervenir todos los obreros.
Cuando en marzo de 1921 se zanjó la discusión, casi
simultáneamente estalló la sublevación Cronstadt, que revelaba los
verdaderos problemas a los que se estaba enfrentando la revolución. En
Cronstadt no eran los reaccionarios los que se habían levantado, sino
las masas hambrientas. Mientras Trotski entretenía la atención con
debates ya resueltos, las masas estaban exigiendo pasar a la práctica,
resolver los problemas de abastecimientos, combatir el frío, en suma,
pasar a la nueva política económica. El espectáculo calamitoso de
disensiones y falta de unidad en una situación crítica que exigía otro
tipo de premuras, no pudo dejar en peor lugar a los bolcheviques. El
debate se calmó pero sólo aparentemente; en realidad las espadas seguían
en alto y sólo esperaban el momento propicio para volver a las andadas.
Es lo que sucedió tres años después con la discusión sobre la
burocracia, que continuó la de los sindicatos, aunque esta vez con los
papeles cambiados. En noviembre de 1923, Trotski desata otra ofensiva de
las suyas, pero esta vez tratando de hacerse pasar por el campeón de la
lucha contra la burocracia. Este nuevo debate es también un debate
falso porque en el fondo, lo que se trataba de debatir era, una vez más,
sobre la construcción del socialismo. Ambas cuestiones aparecieron
unidas, pero aquí separaremos esta cuestión para entrar más adelante en
el asunto económico porque entendemos que la falacia del problema
burocrático no se puede separar de la posiciones anteriores sobre la
cuestión sindical, ni tampoco es comprensible la acentuación tan extrema
de la lucha ideológica en torno al problema de la burocracia sin tener
en cuenta que la cuestión sindical se había cerrado en falso, que las
facciones seguían agazapadas y las heridas sin cicatrizar. El problema
sindical se había podido superar rápidamente por la autoridad
incontestable de Lenin pero, tres años después, Lenin agonizaba y sólo
entonces quedó al descubierto lo que latía en esos debates: un intento
de modificar la línea política y la naturaleza del Partido bolchevique.
En efecto, ahora el debate ya no versaba sobre el ejército ni sobre los sindicatos sino sobre el
burocratismo interno
del Partido, esto es, sobre la misma vanguardia revolucionaria, sobre
su supuesta falta de democracia y las supuestas limitaciones impuestas a
la discusión dentro de sus filas.
A su vez, en este punto hay tres asuntos diferentes que conviene tratar por separado:
— el viejo debate iniciado en 1903 con los mencheviques durante
el II Congreso acerca de la naturaleza misma del Partido y la
prohibición de las fracciones
— a la situación impuesta dentro del Partido por el comunismo de
guerra, que había conducido a su práctica militarización, se añadía
ahora la nueva política económica, que también había influido,
corrompiendo a numerosos cuadros e introduciendo a elementos indeseables
en su seno.
— la necesidad de depurar las filas del Partido a fin de fortalecerlo y vincularlo más estrechamente a las masas.
Si pudiera ofrecerse un resumen del debate sobre este punto,
cabría decir que los intentos de la oposición van a tratar de
aprovecharse de un estado cierto, como es el punto segundo relativo a la
burocratización, para atacar al primero y tratar de imponer la libertad
de fracciones dentro del Partido. La posición de Stalin y de la mayoría
del Partido consistirá, por un lado, en combatir la burocratización y
la corrupción, y depurar al Partido; por el otro, en impedir las
fracciones y mantener su unidad interna.
El debate sobre la burocracia se desató no porque nadie negara
que existía un problema real de burocratismo, sino acerca de los medios
para combatirla. No fue, pues, la oposición, sino la dirección quien
primero reconoció las deficiencias y los fallos democráticos en el
funcionamiento interno y, cuando estalló la polémica, ya se habían
empezado a tomar medidas para corregir esas desviaciones. Por tanto,
Trotski y la oposición ni tienen la exclusiva ni tienen siquiera la
iniciativa en la lucha contra la corrupción interna del Partido. Su
función consistió en exagerar el problema hasta desfigurarlo, aumentar
la confusión existente entre los militantes y aprovecharse de su
malestar para imponer una nueva línea política acorde con sus tesis.
La oposición se lamentaba del burocratismo pero tampoco quería
poner remedio a la situación con el método leninista, que no es otro que
su depuración interna. Por el contrario, para ellos, como para la
burguesía, las depuraciones eran precisamente la demostración de la
falta de democracia interna dentro del Partido bolchevique. En suma, en
todas las discusiones con los trotskistas y demás opositores internos
del bolchevismo acerca del burocratismo, lo que subyace son dos
concepciones distintas de lo que es un Partido realmente bolchevique.
Por sí mismo esto demuestra que, en realidad, los opositores no eran
realmente leninistas.
Las acusaciones acerca del
burocratismo de los
bolcheviques provenían ya de los mencheviques; no eran, por tanto, nada
novedoso y Lenin tuvo oportunidad de rechazarlas en su momento. A los
efectos que aquí interesan, basta ahora añadir que en los
Fundamentos del leninismo,
es decir, en abril de 1924, Stalin vuelve a recordar esos principios
que inspiran la actividad del Partido, reafirmando que no es un fín en
sí mismo sino un instrumento del proletariado para el cumplimiento de
sus fines como clase. En esa obra Stalin reitera que el Partido se basa
en la unidad de voluntad, lo que exige la cohesión y una disciplina
férrea, lo cual
no excluye, sino que presupone la crítica y la lucha de opiniones. La disciplina no es ciega sino algo mucho más fuerte: es una disciplina voluntaria y consciente.
Pero la unidad de voluntad no lo es todo, afirma Stalin. Además está la unidad de acción:
Una
vez terminada la lucha de opiniones, agotada la crítica y adoptado un
acuerdo, la unidad de voluntad y la unidad de acción de todos los
miembros del Partido es condición indispensable sin la cual no se
concibe ni un Partido unido ni una disciplina férrea dentro del Partido. Por eso es tan frecuente entre los intelectuales burgueses menospreciar a Stalin, a quien relegan como
torpe,
frente a las brillantes personalidades que hablaban y escribían tan
magníficamente, como Trotski, Bujarin, Preobrajenski, etc. Lo que gusta a
los académicos es la verborrea inagotable y encubrir su esterilidad en
frases cuanto más oscuras mejor.
Como en la historiografía burguesa no aparecen las clases
sociales sino las grandes personalidades, también la lucha emprendida
por el Partido bolchevique contra el trotskismo se presenta en como un
conflicto personal de Stalin, una pugna de dos ambiciones que en plena
agonía de Lenin rivalizan por hacerse con el poder. Como si en ella
ninguna participación hubieran tenido, ya no solamente las masas, sino
hasta los mismos militantes del Partido, que aparecen todos ellos
reducidos a la pasividad más completa. En los medios académicos
burgueses no aparece la larga lucha en el seno del movimiento obrero
ruso iniciada por el mismo Lenin y seguida por Stalin y la totalidad del
Partido. Sin embargo, en su libro
El comunismo soviético dicen Sidney y Beatriz Webb lo siguiente sobre la lucha ideológica contra el trotskismo:
Se
sucedieron tres años de controversias públicas ininterrumpidas, aunque
pueda parecer sorprendente a los que creen que la Unión Soviética yace
bajo una dictadora implacable. Se discutía constantemente en las
principales asambleas legislativas, tales como el Comité Central
ejecutivo, el Congreso panruso de los soviets, el Comité Central del
Partido bolchevique.
Es, pues, falso aludir a una problemática personal de Stalin
contra ninguno de los otros militantes del Partido, a una ambición de
poder o a una astuta maniobra para eliminar a unos apoyándose en los
otros para, finalmente, eliminarlos a todos. Stalin adoptó siempre una
actitud de principios, la fundamentó y esa actitud, a lo largo del
tiempo, fue siempre la misma. Cabe añadir además, que esa actitud fue
ampliamente -muy ampliamente- discutida y aprobada por la gran mayoría
del Partido, a quien Stalin representó fielmente como Secretario
General.
Lejos de ser una cuestión personal se trató de un largo y
profundo debate que duró más de 25 años en el que participaron no sólo
militantes del Partido, sino también miembros de los sindicatos, del
Ejército y de los Soviets en asambleas públicas donde se abordaban los
problemas más candentes del país. Dentro del Partido bolchevique se
desató una lucha abierta para decidir sobre la actividad fraccional de
los trotskistas en la que participaron absolutamente todos los
militanes. Un acta de 1927 deja constancia de las discusiones celebradas
antes del XV Congreso: las tesis del Comité Central han sido debatidas
en 10.711 reuniones de las células; han asistido a las reuniones 730.862
militantes; han votado a favor de la línea del Comité Central 724.066
de los asistentes; en contra, 4.120 (el 0'5 por ciento) y se han
abstenido 2.676 (el 0'3 por ciento).
Esas fueron las cifras que logró la
oposición unificada, después de que dispusieran de tiempo, dinero y
posibilidades de exponer en cuantas reuniones quisieron sus puntos de
vista y sus críticas, así como publicar libros y folletos que fueron
editados y distribuidos por la imprenta del Estado. En su autobiografía
Trotski reconoce que llegó a intervenir hasta en cuatro concentraciones
en un mismo día para tratrar de convencer a los militantes del acierto
de sus puntos de vista.
Por lo demás, no aparecen por ninguna parte enemistades
personales o esos odios tremendos que pretenden los panfletos burgueses.
Todo lo contrario; en muchas ocasiones las disputas son fuertes, pero
es siempre la oposición la que saca a relucir cuestiones personales y
malos modos. Es ilustrativo el comienzo del Informe de Stalin al Comité
Central en 1929:
No voy a referirme al factor personal, aunque en los
discursos de ciertos camaradas del grupo de Bujarin es cosa que ha
jugado un papel bastante impresionante. No me referiré a él, porque el
factor personal es una minucia y las minucias no merecen la pena de que
nos paremos en ellas. Bujarin hablaba de su correspondencia personal
conmigo. Ha leido varias cartas, de las que se desprende que nosotros,
ayer todavía amigos personales, discrepamos ahora en política. Las
mismas notas han sonado en los discursos de Uglanov y Tomski. Cómo es
eso, vienen a decir: somos viejos bolcheviques y de repente nos hablan
de discrepancias entre nosotros; no sabemos respetarnos.
Creo que todas estas jeremiadas y lamentaciones no valen un comino.
No somos una tertulia familiar, no somos una peña de amigos personales,
sino el partido político de la clase obrera. No se debe permitir que los
intereses de la amistad personal se coloquen por encima de los
intereses de la causa.
Si por lo único que nos llamamos viejos bolcheviques es por ser
viejos, mal van nuestras cosas, camaradas. Los viejos bolcheviques no
gozan de respeto por ser viejos, sino porque, al mismo tiempo son
revolucionarios siempre nuevos, que nunca envejecen. Si el viejo
bolchevique se desvía de la revolución o se abandona y se apaga en el
sentido político, podrá tener aunque sea cien años, pero no estará
autorizado a llamarse viejo bolchevique, no tendrá derecho a decir al
Partido que se le respete.
Además, los problemas de la amistad personal no pueden colocarse
en un mismo plano con los problemas de la política; pues, como suele
decirse, una cosa es la amistad y otra cosa es el deber. Todos nosotros
estamos al servicio de la clase obrera, y si los intereses de la amistad
personal divergen de los intereses de la revolución, la amistad
personal debe pasar a una segundo plano. De otro modo no podemos
plantear el problema como bolcheviques.
No me referiré tampoco a las alusiones y acusaciones embozadas de
carácter personal que salpican los discursos de los camaradas de la
oposición bujarinista. Al parecer, estos camaradas quieren encubrir con
insidias y equívocos las razones políticas de nuestras discrepancias.
Quieren suplantar la política por la politiquería (2).
Un partido comunista no tiene nada que ver, en su forma interna de
organización, con ningún otro partido político, asociación, sindicato o
colectivo. No es una organización de masas sino una vanguardia reducida
que tiene como misión dirigir a la clase obrera y, a través de ella, a
las masas del pueblo. Que un partido comunista
se fortalece depurándose,
es un principio general que Lenin había tomado de Lasalle. Y éste es
justamente el principio fundamental del que la oposición huía como la
peste. Ellos se lamentaban de la enfermedad (el burocratismo) pero
renegaban del remedio (la depuración) porque, en definitiva,
preconizaban que dentro del Partido tenían que
coexistir todas
las corrientes. Pero la teoría leninista era muy distinta: frente a las
desviaciones no sólo hay que emplear la lucha ideológica sino
expulsarlas de las filas si no se corrigen.
La burguesía interpreta esto como si se tratara de una especie de
defensa de una pureza ortodoxa, en la que no caben discrepancias. Nada
más lejos de la realidad. No se trataba de defender unas tesis frente a
otras, sino de una línea política. La experiencia del movimiento obrero
demuestra repetidas veces que esas
pequeñas divergencias
teóricas conducen primero a tácticas diversas que degeneran rápidamente
en una estretegia de defensa en toda línea del capitalismo. Se trataba,
pues, de algo bien práctico y concreto; se trataba -nada menos- que de
saber si el país caminaba hacia el socialismo o hacia el capitalismo. Y
no había existido en la historia ninguna experiencia semejante, por lo
que todo debía improvisarse. Así que nada más normal que los continuos
debates que se suscitaron a cada paso.
En el aspecto formal, los oposicionistas tuvieron todas las
oportunidades de defender sus criterios en las reuniones y en la prensa,
hasta el punto que algunas de las actas de la discusiones habidas en la
células de base ponen de manifiesto la saturación de artículos y
escritos con que les bombardean los trotskistas. Por otro lado, las
decisiones disciplinarias eran adoptadas por la Comisión Central de
Control, un organismo independiente del Partido.
Hay además que consignar otro dato importante confirmado por la
historiografía contemporánea, a saber, que las depuraciones no tenían
por objeto primordial la defensa de las posiciones ideológicas y
políticas de la mayoría, sino aspectos mucho más rutinarios y alejados
de las disputas sobre la línea o la estrategia. La mayor parte de los
depurados en los años veinte no son por simpatías con la oposición sino
por razones tales como el alcoholismo, la indisciplina, el desinterés o a
falta de formación política. Los motivos de las depuraciones se conocen
gracias a que la de 1929 consignó con exactitud los motivos de la
expulsiones, y sólo el uno por ciento de ellas tiene una causa política.
Si tenemos en cuenta que fue ese año cuando se liquidó a la oposición
de derechas encabezada por Bujarin, el dato parece muy concluyente de la
falsedad propagandística.
En los años veinte la experiencia del Partido bolchevique
demostró no solamente que la oposición no tenía razón, sino que como
consecuencia de no expulsar a los oposicionistas, por mantener las
disputas en el interior, los problemas se reproducían periódicamente. No
solamente los debates sino incluso los protagonistas, eran siempre los
mismos porque ni ellos se habían enmendado ni el Partido los había
depurado. Las discusiones volvían una y otra vez sobre los mismos temas;
no se acababan de zanjar porque las distintas plataformas de oposición
nunca quedaban satisfechas y volvían a tratar de intimidar a la
dirección con continuas acusaciones de
burocratismo.
Las purgas ya fueron iniciadas por Lenin en 1921 de una forma
sistemática, en asambleas públicas en las que incluso intervenían
obreros no afiliados al Partido. Aproximadamente una cuarta parte de los
militantes fueron expulsados, unos 170.000 en total, para reforzar la
confianza de las masas obreras en su vanguardia dirigente. Su cohesión y
su disciplina se reforzaron, a pesar del descenso en el número de
militantes:
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| año | congreso | militantes |
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| 1921 | X Congreso | 732.521 |
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| 1922 | XI Congreso | 532.000 |
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| 1923 | XII Congreso | 386.000 |
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| 1924 | XIII Congreso | 735.881 |
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Aunque los disidentes pretendieron aparecer como los campeones de
la lucha contra la burocracia, éste era un fenómeno conocido y
reconocido por todos los militantes. Numerosas resoluciones al más alto
nivel hablan de ello y de la necesidad de atajar el fenómeno. Así se
expresaba Lenin en la polémica sobre los sindicatos:
La lucha contra el burocratismo se llevará decenios. Es
una lucha difícil, y el que les diga que podemos liberarnos de golpe de
las prácticas burocráticas adoptando plataformas antiburocráticas, no es
más que un charlatán con inclinación a las palabras altisonantes. Los
excesos burocráticos deben corregirse enseguida. Debemos descubrirlos y
corregirlos sin llamar bueno a lo malo o blanco a lo negro. Los obreros y
los campesinos comprenden que aún tienen que aprender a gobernar, pero
comprenden perfectamente que existen excesos burocráticos, y si alguien
no quiere corregirlos su culpabilidad es redoblada. Hay que corregirlos a
tiempo, como cuando lo señalaron los trabajadores del transporte
naviero y no cuando otros lo hacen ver también (3).
La etapa de comunismo de guerra y la guerra civil habían conducido en la
práctica a la militarización del Partido bolchevique. Todo el peso del
aparato del Estado descansaba sobre las filas bolcheviques y lo
impregnaba. Con la nueva política económica no acabó el problema y se
vio ingresar en el Partido a muchos de aquellos nuevos ricos, por
completo ajenos a la clase obrera. Por tanto las purgas eran
imprescindibles para eliminar del interior del Partido a los arribistas
sin escrúpulos, así como a todos aquellos advenedizos provenientes de
otras organizaciones que sólo pensaban en hacer carrera, en trepar.
Había que eliminar las facciones que trataban de sembrar la discordia e
introducir la ideología burguesa dentro de las filas de la vanguardia
revolucionaria.
El historiador norteamericano Getty ha demostrado en una obra publicada en 1993
(4)
que frente a las depuraciones de la época leninista, las que se
llevaron a cabo en tiempos de Stalin fueron mucho menos numerosas y
apenas alcanzaron a un cinco por ciento de los militantes. Las
depuraciones perdieron intensidad con el transcurso del tiempo.
Lo que es importante consignar es que ninguna de las purgas tuvo
un objetivo político; nunca se utilizaron las purgas para imponer una
determinada línea política, ni para consolidar las posiciones de la
mayoría en contra de los disidentes. Y lo que es aún más significativo:
ningún miembro destacado de la oposición fue expulsado de las filas del
Partido una vez cerrado el debate y votadas la propuestas. Todos ellos
permanecieron en sus puestos durante bastante tiempo después y sólo
fueron expulsados por razones que nada tuvieron que ver con una
discusión que se había zanjado ya tiempo atrás. Ese es el caso de
Trotski, de Zinoviev, de Kamenev, de Bujarin, de Radek y de muchos
otros. En el caso de Zinoviev y Kamenev fueron redmitidos en el Partido
después de su expulsión, para volver a ser expulsados nuevamente,
readmitidos y expulsados una tercera.
Estamos, pues, muy lejos de la pretendidas medidas draconianas
que nos presenta la propaganda burguesa. Los oposicionistas no sólo
tuvieron ocasión de exponer sus puntos de vista, sino que, ante la falta
de apoyo entre los militantes, rectificaron sus opiniones originarias
varias veces, lo que dio lugar a una inexplicable confluencia entre
ellos, cuando habían mantenido posiciones enfrentadas entre sí. Es fácil
deducir que, por encima de sus posicionamientos coyunturales, sólo
estaban unidos por su lucha contra la mayoría.
En contraposición al supuesto militarismo imperante en el
interior del Partido, cabe destacar que por entonces sus Congresos se
celebraban cada año, y que además se celebraron importantes
Conferencias, hasta el punto de que, como se quejaba Maiakovski, no se
podía localizar a un comunista porque estaban reunidos todos los días:
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| fecha | reunión | delegados |
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| agosto de 1917 | VI Congreso | 157 de pleno derecho más 128 sin voto |
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| marzo de 1918 | VII Congreso | 46 de pleno derecho más 58 sin voto |
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| marzo de 1919 | VIII Congreso | 301 de pleno derecho más 102 sin voto |
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| marzo de 1920 | IX Congreso | 554 de pleno derecho más 162 sin voto |
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| marzo de 1921 | X Congreso | 694 de pleno derecho más 296 sin voto |
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| marzo de 1922 | XI Congreso | 522 de pleno derecho más 165 sin voto |
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| abril de 1923 | XII Congreso | 408 de pleno derecho más 417 sin voto |
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| enero de 1924 | XIII Conferencia | 128 de pleno derecho más 222 sin voto |
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| mayo de 1924 | XIII Congreso | 748 de pleno derecho más 416 sin voto |
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| abril de 1925 | XIV Conferencia |
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| diciembre de 1925 | XIV Congreso | 665 de pleno derecho más 641 sin voto |
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| noviembre de 1926 | XV Conferencia | 194 de pleno derecho más 640 sin voto |
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| diciembre de 1927 | XV Congreso | 898 de pleno derecho más 771 sin voto |
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Además de este cúmulo de Congresos y Conferencias, el Comité
Central se reunía cada dos meses y mantenía reuniones conjuntas con la
Comisión Central de Control en materia disciplinaria. En sus sesiones
intervenían muchas veces delegados de las mayores organizaciones del
Partido, como las de Leningrado o Moscú, por lo cual era fácil que
reunieran en torno a unos 100 dirigentes del Partido. En un país tan
vasto como Rusia; en las condiciones metereológicas de su duro clima; y
con la lentitud de los transportes de la época, no se puede hacer una
acusación de ausencia de democracia interna sin mucha mala fe o nulo
rigor histórico.
Por lo demás, las tesis de la oposición fueron debatidas
igualmente en el seno de la Internacional Comunista, donde fueron
también ampliamente rechazadas. En consecuencia, si algo se puede decir
de los debates y discusiones mantenidos en los años veinte con las
disintas plataformas de oposición en el interior del Partido
bolchevique, es precisamente que no se podía discutir más, ni más
intensamente. Todos los participantes tuvieron las más amplias
posibilidades de exponer sus criterios, pero el socialismo no se podía
construir sólo con debates sino con medidas económicas y políticas
precisas para las que no existían experiencias previas.
En cierta
medida, por tanto, era lógico el debate por la ausencia de antecedentes
históricos. Se conocía cómo se había desarrollado el capitalismo, pero
no el socialismo, que era algo completamente nuevo. Naturalmente, los
bolcheviques no sólo no contaban con ningun forma de ayuda exterior,
sino que los imperialistas venían poniendo toda clase de obstáculos a la
revolución. Tampoco podían contar con el expolio de las colonias, como
los países capitalistas más desarrollados.
Todo esto demuestra la inconsistencia de sus acusaciones
dirigidas contra la mayoría que Stalin encabezaba, y es fácil deducir
que la oposición pretenía paralizar la actividad del Partido, que lo
conducían hacia un conglomerado de tertulianos. Por tanto, más bien
existía el riesgo contrario del que denunciaba la oposición: el riesgo
de burocratismo se había convertido en el riesgo de
democratismo.
No cabe calificar de otra manera lo sucedido en el XV Congreso cuando,
además del Informe Político presentado por Stalin, Zinoviev presentó, en
nombre de la oposición, su propio contra-informe. La situación era
insostenible; se había creado un partido dentro de otro partido.